lunes 23 de febrero de 2009

El chico que desde la ventana veía llorar a la chica gris (V)

Después de cenar se preparó un té y se acomodó en el sofá a escuchar un CD que había comprado en una tienda de discos que encontró de camino a casa, cada vez que cambiaba la ruta de regreso encontraba algo interesante, pensaba en el miedo que sintió el día que se marchó de Madrid, la incertidumbre de no saber a dónde iba, el temor a la soledad, él nunca había estado solo y pensaba que no podría adaptarse a una ciudad donde no conocía a nadie, lejos de los amigos, cierto que eran pocos y bastante indiferentes, pero al fin y al cabo eran amigos, lejos de Elena, aunque a ella ya la sentía lejos mucho antes de tener decidido que se quería marchar. Pensó en escribir a Pablo, su antiguo jefe, un mail o una carta dándole gracias por haberle invitado a la boda y preguntándole que tal salió todo. Entonces se acordó de la hoja que había encontrado en el paseo. Fue hasta el dormitorio y buscó en el bolsillo pantalón que permanecía estirado encima de la cama, allí estaba, doblada y esperando ser leída.
Dio otro sorbo de té y se volvió a acomodar en el sofá:
No sé cuantas veces más voy a escribirte, de todos modos tampoco sirve para mucho, en esta partida parece que todas las cartas están echadas y poco importa que intente abrirte los ojos de que todo acaba, al final la nada lo cubrirá todo y todo esto quedará en nada. Entonces será tarde para explicar por qué las nubes se ponen tan negras, por qué odio el aire, por qué no me gusta el verano ni el calor. Será tarde para enseñar a Copérnico el camino de vuelta a las estrellas, incluso para que yo sepa cómo decirle adiós, nadie me enseñó a pronunciar esa palabra y sin embargo sobradamente sé qué significa, o al menos sé que se siente cuando la soledad es una costumbre que hace que el calendario se aferre a los días y todo pase más lento.
También será tarde para explicar que los tres tristes tigres en realidad no estaban tan tristes comiendo trigo pues eran vegetarianos, como yo, que solo como carne dos veces a la semana. Ya nadie entenderá que me guste caminar descalza sobre la arena y volver a casa sin ponerme las zapatillas porque no tengo miedo a los cristales, porque ellos son incapaces de dañar mis pies.
Da igual que tampoco entiendas esta carta, posiblemente sea la última que te envíe pues no tengo tu dirección y al mar ya no puedo suplicarle más que te lleve mis gritos, quizá sea mucho más fácil correr hasta el espigón, acercarme al borde y gritar tu nombre, pero… tampoco lo conozco.
Y me desgasto, porque me convierto en piedra y en ceniza, porque sé que pronto volverá a haber tormenta y volveré a sentirme vacía después de ver llover fuera y dentro de mí, porque seguiré pisando la arena y dejando que los cristales me arañen las ideas mientras camino de vuelta a casa una y mil veces esperando encontrarte en medio de este caos
.”
Sonó la puerta, unos nudillos la aporrearon con firmeza tres veces. Javier acababa, hacía menos de dos segundos, de leer la carta, pero tenía intención de volver a leerla y no solo una vez más. Le extrañó que no tocasen al timbre y pensó que quizá se había estropeado. La dejó encima de la mesita del té y abrió la puerta.