miércoles 25 de febrero de 2009

El chico que desde la ventana veia llorar a la chica gris (VI)

La chica gris permanecía con los brazos cruzados y la mirada desafiante:
-¿Me das la carta por favor?-dijo con el gesto serio y un brazo alargado con la palma de la mano hacia arriba.
Un hormigueo le recorrió de arriba abajo en una milésima de segundo, por un momento sintió incluso sensación de vértigo. No sabía cómo, pero tenía en su casa a la chica que había estado espiando hacía un par de semanas evidentemente enfadada y posiblemente con idea de montar un numerito de fatalidad. Ya podía imaginar el periódico, “Voyeur psicópata espía, acosa y roba la correspondencia a una joven en Alicante”. Pero él no era ningún perturbado mental aunque la casualidad se hubiese empeñado en demostrar lo contrario y pensaba defenderse ante la situación.
-Mi carta, ¿me la das? Sé que la tienes tú, te he visto.
-¡Ahá! ¿Ves? No soy el único que espía aquí, tú también me has estado espiando.- justo después de decir la frase se dio cuenta de que era la estupidez más grande que había dicho en los últimos años.
La chica arqueó una ceja y le miró fijamente, entonces rompió a reír, pronto los dos reían a carcajadas. Entonces Javier alargó la mano:
-Soy Javier
-Abril. ¿Me vas a invitar a té?- dijo señalando la mesita donde reposaba la tetera.
Se disculpó por haber leído la carta y prometió no preguntar nada al respecto. De haber sabido que era de ella se la hubiese devuelto enseguida, pero la encontró en el paseo sin sobre, dirección ni remite y así era muy difícil saber de quién era.
La observaba con curiosidad y a la vez con cautela, no quería que se sintiese incomoda, pero no podía evitar mirarla mientras removía el té de su taza con el dedo, ya le había ofrecido una cucharilla antes, pero solo la utilizó para echar el azúcar. En cuanto entró a la casa se descalzó, llevaba un calcetín de cada color, no se atrevió a preguntarle si era costumbre, casualidad o mera dejadez, pero ella se dio cuenta y contestó:
-¿Nunca se te ha quedado viudo un calcetín? Creo que lo peor que le puede pasar a un calcetín es perder a su pareja y si encima que se quedan solos los dejamos olvidados en el armario es terrible, así que yo tengo un cajón de calcetines viudos y los voy casando a mi antojo, también tienen derecho a ser felices ¿no? – mientras hablaba movía los dedos de los pies con gracia.- De todos modos siguen siendo calcetines, no importa el color que tengan.
Javier miró los suyos y vio la sobriedad que calzaba, eran de color marrón, entonces se sintió como un hombre mayor, como si la madurez empezase por los pies y una vejez prematura empezase a acosarle desde abajo. Se los quitó en un arrebato:
-Pues a mí me gusta caminar descalzo, los calcetines no son más que un estorbo. De pequeño siempre me obligaban a llevar zapatillas y calcetines y sentía como si se me fuesen a estrangular los pies. Ya sabes cómo son las madres.