Abril se levantó del sofá y se acercó a la ventana, miraba al cielo con nostalgia.
-Me gustan las nubes, las echo mucho de menos. A veces cuando me siento muy triste, cuando siento que voy a llorar, bajo a la playa y veo como poco a poco van cubriendo el cielo. Y es curioso porque en ese momento la gente se va y me quedo sola, relativamente sola, porque siempre están ellas llorando conmigo. Quizá por eso odio el aire, porque se las lleva lejos. La tristeza es solo un estado temporal, aunque hay gente que se enamora de ella y eso es muy peligroso, pues la tristeza y la muerte muchas veces van de la mano, la muerte es la madre de la tristeza y por eso no la deja que camine mucho tiempo descalza. A mí me gusta jugar con la tristeza, pero la muerte me da mucho miedo, es el borrador de las sonrisas, la secuestradora de las cosas que quieres y lo peor es que nunca da opción de rescate, siquiera el olvido es factible. Hoy hace un día estupendo de sol y creo que las nubes tardarán en volver, porque siempre vuelven.- se volvió y sonrió a Javier que permanecía con la taza en la mano sin beber.
Por más vueltas que le diese no comprendía de donde había salido una chica así, era una mezcla entre soñadora y paranoica, pero lo más curioso es que sentía una atracción muy fuerte a hacia ella, no por su físico, sino por su energía, la fuerza que la rodeaba eran tan grande que aun estando en silencio la habitación estaba llena como si una fiesta con música y multitudes estuviese llevándose a cabo.
Se había dejado allí el pañuelo violeta de seda que traía cubriéndole el cuello, olía a incienso y a maderas, a árbol después de una tormenta. Javier pensaba llevárselo, pero esperaría un par de días. Con ella le ocurría algo que no le solía pasar con nadie… no sabía qué decir.
Las noches cada vez se hacían más de rogar, parecía que el sol se había anclado al cielo y cada vez le costaba más esconderse tras las montañas. Algunos atardeceres eran rojos como el fuego, entonces al día siguiente el aire azotaba con fuerza, otros eran de color rosado y auguraban un día tranquilo el cual perderse sin previo aviso era una gran tentación.
Javier escribía en la pantalla de su pc del trabajo:
“Nunca se sabe dónde terminan o empiezan las cosas, lo mismo un día piensas que tu vida está acabada, que ya no te queda nada más por descubrir, que las sorpresas quedan vetadas solo para niños y suspiras pensando que a partir de mañana todo será de un monótono marrón oscuro, que siquiera puede hacerse pasar por negro. Piensas que eres el colmo de la locura, que nadie jamás logrará comprender tus motivaciones y te las vas tragando una a una en silencio, con un vaso de agua al lado para que no se te atraganten y procuras sonreír solo cuando es preciso y llorar cuando nadie te ve, porque las emociones extremas son cosa de la inmadurez y tu ya eres un hombre, te lo llevan diciendo desde los ocho años, cuando llorabas porque sentías pena por no poder quedarte con aquel cachorro que te siguió un día mientras volvías del colegio, “mira a tus hermanos, son mas pequeños y saben comportarse, ¿no te da vergüenza?”, y la verdad es que no sabías que era la vergüenza hasta que no te lo dijeron en ese momento, porque la pena, como la alegría o la ilusión, cuando son inmensos cubren cualquier tipo de vergüenza o arrepentimiento. Pero vas “solo” en el metro, sonríes y señalan con el dedo; vas caminando por la calle y te señalan con la mirada, entonces te das cuenta de que no eres normal o que en realidad quien está loco es el resto del mundo, y piensas que la vida no puede ser eso, que el ser humano es mucho más grande que la mera apariencia y que la felicidad se debe esconder mucho más allá de lo material. No se pueden pesar las sonrisas, no se puede medir un suspiro en litros ni en kilómetros, no se puede medir la emoción de un beso en minutos. No quiero encontrar el por qué de las cosas porque quizá no lo tengan. No me importa saber por qué la chica gris lleva un calcetín de cada color o por qué se hace llamar vegetariana si come carne, porque posiblemente ella esté mucho más loca que yo y eso me hace sonreír.”
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