-Este es tu mes- dijo Javier señalando un calendario chino que prendía del frigorífico.- ¿Tus padres te pusieron ese nombre porque naciste en Abril?
- No, este nombre me lo puse yo. Mis padres me llamaron Marina.
-Qué rara eres, de verdad, lo siento, pero es que haces cosas que no son normales.
- Y dime ¿quién dice qué es normal y qué no lo es? Quizá quien lo dictamina está mucho más pirado.
- ¿Por qué te cambiaste el nombre, no te gustaba llamarte Marina?
- Los nombres se ponen cuando uno nace y he podido comprobar que a lo largo de la vida se puede morir y nacer varias veces. En mi último nacimiento me llamé Abril y así sigo. Digamos que Copérnico tuvo mucho que ver en esto:
“Llevaba más de dos semanas lloviendo sin parar, me sentía fatal, era como si parte de esas nubes se me hubiesen metido en el pecho, a penas podía sentir latir el corazón. Llevaba mucho tiempo huyendo, había recorrido más de cinco ciudades en menos de dos años, pero no se puede encontrar refugio cuando no sabes realmente de qué escapas, así que corres y corres lo más lejos que puedes, pero el miedo te persigue porque es algo que llevas dentro.
Una tarde, cuando todavía no había anochecido, me encontraba fatal, el cuerpo me temblaba y me pesaban las piernas, había tormenta. Escribí una carta, una de tantas que escribía en momentos de angustia, era un modo de retrospección, solo así lograba comprender lo que tenía dentro. Me di cuenta de que realmente tenía miedo de mí misma, del abismo que me habitaba, de ese vacío que no conseguía llenar con nada ni con nadie, así que tenía miedo a la soledad y a la vez miedo a sentirme vinculada a alguien, de llegar a sentir necesidad por otra persona. Algunos lo llaman filofobia.
Llevaba a penas un mes viviendo aquí, pero era tiempo suficiente para darme cuenta de que tampoco había encontrado lo que buscaba., por eso salí corriendo a la calle, crucé la carretera sin mirar y me dirigí al espigón con aquella última carta en la mano, pero esta vez tenía decidido lanzarme al mar con ella. Cuando llegué al final me detuve un momento, sentía el viento azotarme fuerte en la cara, empapándome de lluvia, los truenos sonaban con fuerza y telarañas de relámpagos cruzaban el cielo de este a oeste, pero no sentía miedo, por primera vez en mucho tiempo el miedo había desaparecido, era extraño que ocurriese en ese momento, justo cuando había decidido morir por última vez, ya siquiera quedaban nombres para mi, o eso pensaba. Escuché un ruido entre las piedras, a mi derecha, cuando miré encontré un gato que me miraba con sus ojos color naranja, permanecía inmóvil bajo la lluvia y no apartaba su mirada de mí. Ví que tenía collar, pero no ponía ninguna dirección así que se lo quité, me senté en el suelo y se acomodó sobre mí, estábamos empapados pero él comenzó a ronronear y yo seguía sin tener miedo, así que nos fuimos para casa. Anudé la carta con el collar del gato y la lancé al mar. Esa noche volvimos a nacer, los dos, Copérnico y Abril”.
-¿Entonces por qué lloras todavía cuando hay tormenta?- preguntó Javier, todavía conmocionado por la historia que acababa de escuchar.
-Porque mis recuerdos son como las hierbas de primavera, aparecen y crecen con las lluvias. Mi primer recuerdo de infancia es el de una tormenta. Muchos niños recuerdan momentos en el parque con sus padres, o tienen recuerdos de estar jugando con otros niños, quizá sus hermanos, otros quizá recuerden algún juguete preferido, pero mi recuerdo es el de una niña de unos ocho años, yo, que camina descalza sobre el asfalto mojado de una carretera por la que no pasa nadie, con las manos llenas de sangre y un escozor terrible en la frente provocado por los cristales que se le habían clavado. Después todo oscuridad. Desde ese día mi vida fue un ir y venir sin encontrar mi sitio. Me contaron en el centro de acogida que tenía padres y dos hermanos, uno mas mayor que yo y una hermana más pequeña, pero murieron en el accidente junto a mis padres, del resto de mis familiares nunca llegué a saber nada, siquiera si existían y la verdad, poco me importa. De antes del accidente no recuerdo nada. Dicen que no se puede echar de menos lo que no consigues recordar, pero es pura mentira, los pensamientos que más duelen son precisamente los que sabes que jamás llegarás a vivir. Siento que una gran parte de mi murió en ese coche, con mis recuerdos de niña, esos ocho años de mi vida seguramente fuero los más felices que he tenido y los perdí. Nunca más me llamaré Marina, nunca más.
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