martes, 19 de mayo de 2009

Del amor y sus mentiras (II)


-Pensaba que no la volvería a ver por aquí.
-Pues ya ve, al final uno siempre termina volviendo al lugar donde le esperan. Porque usted me esperaba ¿verdad?
-Lo cierto es que sí. Después de nuestra última conversación me quedé con ganas de saber más cosas de usted. No me resulta una paciente común, es más, todavía no entiendo por qué me viene a visitar siendo psiquiatra como soy, tal vez le interesaría más un psicólogo.
-Digamos que necesito un confesor y no creo en los curas, quizá alguien como usted me entendería mejor, porque la verdad es que no necesito la redención de mis pecados sino alguien a quien contárselos. Las cosas que se hacen se van amontonando dentro y necesitan salir, así que yo le pago y usted me escucha.
-Me parece un trato justo. ¿Y qué es lo que te trae por aquí esta vez?
- Doctor, ¿usted cree que soy puta?
-Mujer, depende. ¿Usted pide dinero a cambio de favores sexuales?
-No, nunca lo hice ni pienso hacerlo jamás y no porque sea una deshonra sino porque no necesito el dinero. Pero ¿me quiere usted decir que el que pide dinero a cambio de favores es prostituta? Porque sino permítame decirle que su burdel es de los más bonitos que he visto en mi vida, a ochenta euros que me cobra la consulta es una prostituta de lujo, desde luego. Pero no, no me refería a eso. Verá, hace unos días un amigo me dijo que si fuese puta sería la puta más romántica que existe.
-Bueno, es un halago bonito, solo que quizá no está dicho con las mejores palabras y lo has malinterpretado.
-Es que yo no quiero ser romántica, solo quiero ser puta.
-¿Eres puta?
-He dicho que quiero serlo. El me dijo “si fueras puta….”, con lo cual me queda el romanticismo y lo odio. ¿Cómo se puede ser romántica sin creer en el amor? Y me odio a mi misma porque no sé hacer el amor sin amor, siquiera se follar sin amor, sin besar en la boca. Y no creo en el amor no porque no exista, sino porque haciendo como que no le veo tal vez desaparezca. Cuando era pequeña y quería esconderme de alguien me bastaba con taparme los ojos con las manos y esa persona desaparecía, incluso el miedo que sentía en ese momento.
-Pero ahora eres grande Lucía, eso ya no vale. Cuando abras los ojos el problema seguirá estando ahí justo donde lo dejaste, solo que posiblemente se haya hecho mucho más grande. Los problemas hay que afrontarlos. Y para eso, créeme, no hace falta ser puta.
-¿Sabe donde siento yo el amor? Entre las piernas. Cuando ya no quiero a alguien dejo de excitarme y soy capaz de masturbarme pensando en una pared blanca antes que hacerlo pensando en él.
-¿Eso te ocurre muy a menudo?
-¿Lo de masturbarme? Todos los días.
-No Lucía, eso no. Te preguntaba acerca de los hombres de los que te desenamoras.
-Sí, me pasa demasiadas veces y demasiado pronto, algunos en la misma noche que los conozco, justo después del sexo les dejo de querer. Les aborrezco de tal modo que no vuelvo ni a llamarles, con otros llega a la segunda o tercera noche. Sobre todo me desenamoro de los que no saben abrazar bien.
-¿Qué buscas en ellos, amor, cariño?
-Yo no quiero que me quieran, solo que me abracen. Me dejo follar con tal de que me abracen muy fuerte.
-Entonces les das sexo a cambio de cariño.


Lucía se levantó de la silla, sacó ochenta euros de la cartera, los puso delante del doctor con una sonrisa triunfal, agarró su abrigo y se dirigió hacia la puerta.
-Usted ofrece su consulta a cambio de ochenta euros y yo mi cuerpo a cambio de cariño. Ya lo hemos conseguido doctor, somos putas. Muchísimas gracias por ayudarme a descubrirlo.
Se marchó de allí tranquila, solo le quedaba matar el romanticismo (otra vez).

2 comentarios:

Ana Clavero dijo...

¡Joder! dónde está la primera parte, niña?

paloma (: dijo...

interesante..